En plena carrera para desarrollar los mejores modelos de Inteligencia Artificial generativa, Nvidia se ha convertido en un proveedor clave de tarjetas gráficas o GPU (Graphics Processing Units) para las grandes tecnológicas y la inmensa mayoría de desarrolladores de software a nivel global.
Hasta hace poco, pensaba que la valoración de Nvidia reflejaba un negocio comparable al de una empresa que, en plena fiebre del oro, vende herramientas como picos, palas y sartenes de bateo a quienes buscan riquezas. En este escenario, la explosiva demanda y los altos márgenes de beneficio de Nvidia parecían ser una consecuencia temporal de la elevada demanda y escasez de sus productos. Parecía que Nvidia había alcanzado su «momento dorado» a la espera de que llegaran competidores ofreciendo productos similares a precios menores.
No obstante, mi percepción cambió cuando un directivo de una empresa de software me explicó que su organización no podía usar tarjetas distintas a las de Nvidia. Además, mencionó que esta situación era común para la mayoría de los desarrolladores de software a nivel global, independientemente de su tamaño. Esto es, en esencia, una definición funcional de monopolio.
Además, ese monopolio está protegido por la escala y desarrollo tecnológico necesario para poder ofrecer tarjetas competitivas a los clientes y, sobre todo, por efectos de red (desarrollo de software que solo funciona con tarjetas Nvidia) y por enormes costes de cambio de proveedor: si una gran tecnológica o compañía de software quiere dejar de utilizar las tarjetas de Nvidia para utilizar las de otro proveedor tiene que reescribir el software en un nuevo ecosistema (empezar de nuevo) o implementar costosas migraciones que tardarían tiempo en ajustarse a las características del nuevo hardware.
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